Haber ganado para tu país ocho medallas de oro en los JJOO no es suficiente para que los Guardianes de la Decencia se abstengan de juzgar tu vida privada. Y si no, que le pregunten a Michael Phelps.
Tras su hazaña olímpica recibió el dudoso privilegio de ser considerado un "ejemplo para la juventud", un "símbolo de la superioridad nacional", claro que a un alto precio: dejar de ser persona.
Para indignación de los moralistas más sensibles, no sólo habría transgredido las leyes de su estado, sino que el deportista habría mancillado la tan castigada máxima: “Los ganadores no usan drogas”.
Lejos de que se defienda su derecho a la intimidad, y se condene la vileza del que publicó la foto , a Phelps le llovieron las sanciones sin demora.
Una de ellas consistió en la trillada fórmula, otrora utilizada con Maradona: Retractarse públicamente y pasarse al bando de "los que luchan contra la drogadicción".
Porque eso es lo único que los Guardianes verdaderamente quieren: que se cuiden las apariencias.
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